Durante la última semana de agosto, los más de 1.600 establecimientos que la cadena de supermercados Mercadona opera en España experimentaron una metamorfosis tan insólita como multitudinaria. Al filo de las siete de la tarde, decenas de miles de personas —desde jóvenes de la generación Z hasta solteros sénior y curiosos armados con teléfonos móviles— comenzaron a llenar los pasillos con un único objetivo en mente: colocar una piña al revés en la cesta de la compra y poner a prueba el código de seducción más disparatado que se recuerda en la cultura popular contemporánea.
Lo que nació como un gag humorístico de apenas unos segundos publicado por la actriz y comediante malagueña Vivy Lin (@yosoyvivylin) junto a su amiga Carla, se transformó en cuestión de 48 horas en un fenómeno sociológico incontrolable. El vídeo original, en el que ambas recorrían los estantes preguntándose “¿cuál es la hora de ligar en Mercadona?” y señalando el intervalo entre las 19:00 y las 20:00 horas, acumuló decenas de millones de reproducciones cruzadas en TikTok, Instagram y X (Twitter), activando una convocatoria nacional que tomó a trabajadores y gerentes de distribución completamente desprevenidos.
El “Manual de Instrucciones”: Semiótica del carrito de la compra
El éxito desmedido de la tendencia no se limitó a entrar a la tienda; la comunidad digital desarrolló en cuestión de horas un sofisticado y minucioso sistema de signos digno de un tratado semiótico. La mecánica básica dictaba tres pasos obligatorios:
- La señal identificativa: Conseguir una piña fresca en la sección de frutería y colocarla en el carrito con la corona de hojas hacia abajo. La piña invertida funcionaba como el equivalente analógico de un perfil activo en Tinder.
- El punto de encuentro neurálgico: Dirigirse al pasillo de vinos y licores. El contraste entre botellas de Rioja y carritos cargados de fruta tropical creaba una atmósfera cargada de miradas cómplices y sonrisas contenidas.
- El contacto físico: Si dos personas con sendas piñas invertidas cruzaban la mirada y existía atracción mutua, el protocolo exigía realizar un suave choque frontal entre carritos (“el choque de carros”). Si la otra persona aceptaba la colisión sin disculparse, la conversación quedaba inaugurada formalmente.
La creatividad popular no tardó en expandir el catálogo con subtipos según la intención amorosa:
- Chocolates o chucherías junto a la piña: Indicar que se buscaba una aventura casual, un romance dulce pero sin ataduras.
- Legumbres secas o verduras en conserva: Señal inequívoca de compromiso a largo plazo y deseo de encontrar pareja formal para formar un hogar estable.
- Cervezas y patatas fritas: Búsqueda exclusiva de amistad y planes de ocio desenfadados.
Del meme a la saturación: Escasez de fruta y avisos a la policía
Lo que comenzó como una broma desenfadada derivó rápidamente en retos operativos para la dirección de Mercadona y para las autoridades locales en varias capitales. En ciudades como Madrid, Valencia, Sevilla, Málaga y Bilbao, cientos de grupos de adolescentes y jóvenes abarrotaron las tiendas a partir de las siete de la tarde sin ninguna intención real de comprar alimentos básicos.
En cuestión de minutos, las secciones de frutería vieron desaparecer todas las existencias de piña natural, obligando a los reponedores a trasladar palés enteros desde las cámaras frigoríficas centrales. Sin embargo, muchos de los participantes no pasaban por caja: utilizaban la fruta como atrezzo para grabar vídeos virales y, al dar las ocho de la tarde, abandonaban las piñas en los estantes de conservas, lácteos o detergentes, generando un trastorno logístico sin precedentes para las cuadrillas de reposición nocturna.
El punto álgido del caos se vivió en un supermercado Mercadona situado en la céntrica calle Rodríguez Arias de Bilbao. Alrededor de las 19:45 horas, la aglomeración de más de un centenar de personas coreando cánticos y bloqueando los accesos obligó al personal de seguridad privada a solicitar la intervención de dos patrullas de la Ertzaintza, que acudieron al recinto para desalojar pacíficamente los pasillos y restablecer el orden entre los clientes habituales que intentaban realizar su compra diaria.
La guerra del marketing: De Lidl a las marcas de preservativos
El impacto mediático fue tan demoledor que los principales competidores del sector de la gran distribución y marcas de consumo masivo se lanzaron a capitalizar la conversación con veloces campañas de respuesta en redes sociales:
- Lidl España: Publicó carteles promocionales sugiriendo acudir a sus tiendas con sandías bajo el lema: “La sandía es más dulce y tiene más espacio para compartir”.
- Carrefour: Difundió creatividades animando a sus clientes a ligar en su pasillo ecológico con patatas o manzanas bio.
- Dia: Presumió de sus precios en cervezas artesanas asegurando que “en Dia no hace falta chocar carritos para encontrar lo que te gusta”.
- Marcas de lubricantes y profilácticos (Durex, Control): Lanzaron anuncios gráficos con piñas en rodajas y mensajes alusivos a la protección íntima si el choque de carros llegaba a buen puerto.
La explicación sociológica: El hartazgo de los algoritmos
¿Por qué un país entero se volcó durante días a buscar pareja entre estanterías de vino blanco y piñas boca abajo? Los sociólogos y expertos en tendencias digitales coinciden en un diagnóstico claro: la fatiga generalizada ante las aplicaciones de citas.
Tras una década de dependencia de plataformas como Tinder, Bumble o Hinge —dominadas por algoritmos opacos, perfiles hiperfiltrados, conversaciones superficiales y el fenómeno del ghosting—, las generaciones más jóvenes experimentan un profundo anhelo de recuperar la espontaneidad del mundo físico. El supermercado representó el escenario perfecto: un espacio público seguro, cotidiano y neutral donde el humor desarmaba la vergüenza del rechazo cara a cara.
Aunque la moda de la piña de Mercadona terminó remitiendo con la vuelta a la rutina escolar y laboral de septiembre, el episodio quedó registrado en los anales de internet como una de las campañas virales espontáneas más fulgurantes de la historia de España: un recordatorio de que, incluso en plena era de la inteligencia artificial, nada atrae tanto a los seres humanos como la posibilidad de encontrarse cara a cara con una sonrisa y una buena dosis de autoironía.



